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Tomar vino también tiene implicaciones medioambientales

 

El calentamiento global es un fenómeno que afecta a todos los productos agrícolas (y a todas las personas, y todas las actividades productivas); la vid no está exenta de sus implicaciones, y los pronósticos al respecto no son del todo optimistas. El escenario está así:

En el 2017, los principales consumidores de vino fueron Estados Unidos, Francia, Alemania, Italia y China, mientras tanto, Italia estuvo a la cabeza en la producción de vino (gracias, bebedores de Lambrusco), seguida de Francia, España, Estados Unidos, Australia, China y Sudáfrica. Sí, sorprendente que tres de seis de las regiones productoras más relevantes del 2016 estén fuera de Europa, pero estas cifras de la Organización Nacional de la Viña y el Vino (OIV, por sus siglas en inglés) no nos dejarán mentir. ¿Qué pasa? Sí, Estados Unidos y China son nuevos y muy importantes consumidores. Sí, la juventud europea está enamorada de la ginebra, pero también –y principalmente- los viñedos europeos están viviendo cambios climáticos sin precedentes.

Del 2015 al 2016, la producción de vino se redujo en un 3%; para el 2017 la reducción fue de un 8%, y éste año fue uno de los más escasos en décadas: no se habían visto números tan bajos desde 1950. De hecho, Italia produjo su cosecha más flaca desde hace 60 años y Francia no había embotellado tan poco vino desde la Segunda Guerra Mundial. Y, luego de los incendios que sucedieron en California en Octubre y Diciembre del 2017, seguramente veremos, también, bajas producciones en Estados Unidos.

¿A qué se deben estos cambios? Pues  bien, recordemos que el clima es uno de los factores más determinantes –y más difíciles de controlar- en la elaboración de un vino, por lo tanto, es uno de los productos agrícolas más sensibles al cambio climático. Incluso, algunos estudios predijeron las condiciones climáticas del 2050 y encontraron que el mapa mundial del viñedo cambiará completamente, por ejemplo, la Toscana, Burdeos y Borgoña experimentarán sequías y calor extremos, afectando, así, la calidad de sus vinos y sus niveles de producción. Muy probablemente, la vid tendrá que plantarse, a futuro, en zonas más altas. Además, para mantener la producción se necesitarán más recursos hídricos para que las uvas estén a temperaturas adecuadas, por lo tanto, los lugares que ya tienen escasez de agua se enfrentarán a más problemas (hola, Ensenada).

De hecho, establecer un viñedo implica, también, modificaciones al ecosistema: hay que remover la vegetación nativa, usar químicos para fumigar, poner fertilizantes y fungicidas… así, el manejo de un viñedo tiene, también, implicaciones en la conservación de especies. Ante esto, algunos productores (en México y el mundo) están buscando métodos de cultivo que tengan menores impactos medioambientales, como los viñedos orgánicos o biodinámicos que, entre otras cosas, buscan promover la biodiversidad y respetar la flora y la fauna local.

Lo que es un hecho es que el cambio climático está planteando nuevos panoramas de producción y de consumo. Como bebedores de vino, lo que nos queda es beber de manera responsable y respetuosa con el medio ambiente y emprender acciones individuales que, a la larga, sí suman a la conservación ambiental (sí, menos popotes y más transporte público), y, ante todo, saber que cada botella de vino abierta representa recursos naturales que se han desgastado, por lo que hay que consumirla con gratitud hacia toda la cadena productiva.


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