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Horas copa con Montserrat “La Cabra” Álvarez

Ella es Montserrat, tiene 31 años, es gastrónoma de formación y peleadora profesional por vocación. Lleva siete años practicando Artes Marciales Mixtas (MMA por sus siglas en inglés). Es secretaria en la Federación de Artes Marciales Mixtas y presidente en la Asociación de Artes Marciales Mixtas de la Ciudad de México. Le gustan los gatos, las hamburguesas y el vino mexicano. Platicamos con ella mientras nos tomábamos unas copitas de Merlot de Ojos Negros, y esto fue lo que nos contó:

Terminé la carrera de gastronomía y pasé dos años haciendo una tesis. En esa época, mi hermano se enfermó y estuve cuidándolo y subí mucho de peso. Luego logré bajar un poco pero seguía estando fuera de condición, entonces mi esposa y yo nos inscribimos a un gimnasio para empezar a tonificar, porque qué horrible, ¿no?, estás en tus veintes y el cuerpo no está en su lugar. Primero buscábamos un gimnasio que tuviera alberca, y ahí también daban box y MMA. Primero me llamó la atención el box, y fue ahí cuando conocí las artes marciales mixtas y me pareció divertido, no sólo la parte técnica sino también que hacían muchas acrobacias y otras cosas que se veían interesantes. Decidí meterme, me gustó, pasé de hacer pocas clases por semana a hacer dos veces al día, luego competencias amateur y de repente ya estaba peleando profesionalmente. Todo lo bueno de mi vida se ha dado de forma natural: mi trabajo, mi matrimonio… son cosas que se han dado solas, yo no las he forzado. Eso me ha hecho disfrutarlo un poco más, si haces lo que disfrutas, no lo sientes como trabajo, y si ganas dinero con eso, ¡pues qué mejor!
Hace algunos años, en una entrevista, te preguntaron por qué no te dedicabas a “deportes para mujeres”, ¿qué puedes decirnos al respecto?
No existen los deportes para mujeres; todos los deportes son para cualquier persona con las capacidades físicas. Incluso, en MMA puedes no tener las habilidades físicas pero sí la constancia y la determinación; a veces terminas superando a gente más natural en el deporte. Muchas personas ven las peleas entre mujeres porque tienden a ser mucho más emocionantes, pero hace unos años sí era un tabú: “es que se van a pegar en la cara, ¿cómo se van a pegar en la cara?” ¡como si viviéramos de nuestra cara! Creo que también tiene que ver con que en México hay una cultura un poco machista, eso de que “no toques a una mujer ni con el pétalo de una rosa”, todo eso ha colaborado a que de repente el deporte de contacto entre mujeres sea un poco chocante para algunas personas. A fin de cuentas, no estamos hechas de cristal. Ya quiero ver a un cabrón soportando un parto. Nosotras estamos hechas para soportar el dolor y tenemos una buena ética de trabajo: nos metemos algo en la cabeza y vamos por ello, lo noto en las otras peleadoras de mi equipo: Conejo, Sara, La China… gente que no entró pensando que la iban a hacer, pero que se enamoraron del deporte.
Monserrat La Cabra Alvarez MMA
Foto: Uppercut
¿Cuál ha sido tu relación con el vino?
Me mudé a Ensenada a los cinco años, y ahí hay una gran cultura vitivinícola. Mi abuelo es asturiano y en su casa siempre se ha tomado vino con la comida. Nunca se vio como algo para alcoholizarse sino que era un acompañante para los alimentos. Desde chica, yo tomaba vino con la comida, un poquito, y era algo completamente normal. A mis ocho o nueve años tomábamos un poquito de vino espumoso en navidad y  no se veía mal. Por lo mismo, nunca me interesó el vino para alcoholizarme. En Ensenada se facilita mucho, teníamos costumbre de ir a las casas vinícolas, al principio Santo Tomás, Domecq o Monte Xanic. Luego empezaron a crecer los productores pequeños. Era común, por ejemplo, ir a comer a casa de tu mejor amiga y resultaba que su padrino era Pau Pijoan y llegaba con una caja de los vinos que acababa de sacar, probábamos mucho y aprendíamos mucho, pero no para emborracharnos sino para dar nuestra opinión: está bueno, le falta esto, o no me gustó. Mi mamá también estaba metida en esa onda y dio la casualidad de que empezaron los cursos de La Escuelita, nos inscribimos dos veces, hicimos un Cabernet  Sauvignon y un Zinfandel, y aprendí a vinificar. Siempre me han interesado los alimentos como cultura, y cuando decidí estudiar Gastronomía, en segundo o tercero de secundaria, decidí meterme más de lleno en el medio. Empecé a trabajar en un restaurante que se llama Punta Morro; el chef era el promotor de los vinos Barón Balché y lo acompañé a varias catas y muestras; aprendí mucho ahí. Luego llegué a México a estudiar gastronomía y mi tío tenía una tienda de vinos, porque también le interesaba mucho ese medio. Se llamaba La Truffe, ahora es Galia, trabajé ahí casi seis años y aprendí bastante, conocí etiquetas de todo el mundo. Mi tío fue uno de los primeros importadores de vino sudafricano con los vinos Tall Horse. También trajo vinos de Argentina, y empecé a conocer sobre vitivinicultura de otras partes.
Creo que muchos se acercan al vino sin saber qué hacer. Como recomendación, hay que tomar la copa del tallo. Si se toma del globo, se calienta el vino y entonces el alcohol se evapora y cambian mucho los sabores y aromas. Se habla mucho de que el vino debe de tomarse a temperatura ambiente… sí, pero de cava francesa, donde la temperatura son 18°C, no 28°C, entonces es mejor enfriar un poquito el vino antes de probarlo. Y siempre hay que oler antes de probar; la experiencia del sabor viene de la lengua y la nariz en conjunto; si uno sólo prueba las cosas sin olerlas, se pierde la mitad. Es bastante más agradable percibir los aromas y generarnos una idea de cuáles pueden ser. Luego, al catar un vino, quienes a penas están iniciándose piensan: “¿qué tantas cosas están diciendo? Que si frutas rojas, chocolate, vainilla…” la idea es no sólo concentrarse en que “sabe a vino”, también hay que intentar asociarlo con cosas que tenemos en nuestro imaginario. Por ejemplo, qué tal que alguien percibe que un vino huele a llanta porque trabaja en una “desponchaduría” y está expuesto a ese aroma todo el tiempo, y resulta que el vino que está probado tiene un defecto. No está mal oler cosas que otros no perciben, porque la cata parte de una experiencia propia. En Gastronomía, tenemos que oler muchas cosas, por eso tenemos una idea más amplia.
Algo muy importante es que no es necesario ser un experto para tomar vino, el chiste es gozarlo aunque no sepas absolutamente nada. Te puede gustar, y punto. O puede haber curiosidad y reflexión: ¿por qué me gusta más el vino “a” que el vino “b”? y así buscar variedades o marcas. O puede ser que a alguien le guste experimentar y ver qué tantos vinos hay y qué tantos le pueden gustar. Hay mucha banda a la que le gusta el vino, y está bien si te gustan los rosados, los blancos, y está bien si no te gusta el vino. Es un gusto adquirido.
¿Cómo haces para dedicarte al deporte y, a la vez, comer y beber lo que te gusta?
Mi idea es todo en moderación. En época de competencia, ni me acerco. El poder practicar deportes de forma adecuada requiere de cierto sacrificio, a veces eso significa no comer lo que quieres, o no beber ni emborracharte. Cuando yo tengo una pelea no toco el alcohol por dos o tres meses y hago dietas rigurosas. Pasando la pelea, trato de regresar a consumir lo que me gusta, porque la vida también se trata de disfrutarla. Si un fin de semana después de la pelea decides tomarte unas chelas y comer una comida rica, aunque no sea la más sana, te ayuda a levantarte y a aguantar mejor la siguiente temporada.